Sin ningún género de dudas el trato recibido condiciona de forma significativa nuestro comportamiento. Una relación amable y considerada propiciará, en la mayoría de las ocasiones, una respuesta del mismo tenor; por contra, el potencial evocador de una atención tosca y distante puede hacer naufragar el mejor de nuestros ánimos para con los demás.
Categoría: Reflexiones
No hago aquí referencia al concepto de nacionalismo que, como manifestación de un sano sentido de pertenencia a una colectividad, resulta esencial en el ser humano.
No hago aquí referencia a la queja que, como manifestación de dolor, acompaña a la persona en un accidente o enfermedad. Tampoco hago alusión a la que se presenta ante quien teniendo responsabilidad suficiente no se ha empleado de forma debida.
En una tribuna anterior desarrollé brevemente la idea de que el ser humano para que pueda merecer el calificativo de libre debe mostrarse como un individuo condicionado éticamente en sus decisiones a la vez que disciplinado en sus ejecuciones. Decidir y ejecutar no son formas verbales sinónimas. Como consecuencia, que una persona se muestre libre no depende tanto de la cantidad de opciones de que disponga como de su capacidad de elegir bien; es decir, con criterios éticos.
Libertad y disciplina se nos presentan como conceptos antagónicos. Aunque en realidad la primera, concretada en la libre elección de una alternativa de entre varias posibles, requiere de la segunda como requisito ineludible en la materialización de la opción escogida: sin ella nunca se alcanzaría la meta elegida.
Hace más de cuarenta años que se cruzó en mi camino la persona que, quizás, haya influido más en mi vida, se llamaba Andreu Collell i Sala, era uno de mis profesores. El impacto que supuso su figura, para todos los que tuvimos la inmensa suerte de disfrutarla, fue imborrable. Es, junto con mi padre, a la única persona que, habiendo tratado y conocido, le entregaría de forma inapelable el calificativo de líder.
“Quienes carecen de la capacidad de establecer contacto con los demás caen típicamente dentro del ámbito del narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía, es decir, lo que los psicólogos han calificado como la tríada oscura”. Así se emplea Daniel Goleman en su obra “Inteligencia social”.